martes, 18 de diciembre de 2012

Era un pequeño ángel.

Aquel pequeño ángel del que tanto  oyeron hablar,
aquel hada diminuta que daba vida a los demás,
se fue de este mundo una vez para no regresar
y efectivamente, aunque rogamos, no volvió jamás. 
Hoy, tras varios meses, lágrimas derramamos
puesto que es nada más que su 17 cumpleaños.
Algunos más que otros, o quizá con más razón
la echamos todos de menos en este mundo,
porque ella dejó un hueco en cada corazón
un hueco, sinceramente, demasiado profundo.
Pese a que no podemos traerla de vuelta
del alma no sacamos ya el deseo desesperado
de tenerla aquí, a nuestra vera, a nuestro lado,
esperando, ilusos, que entre por alguna puerta.
Pero es tarde y el tiempo no quiere pararse
continúa en su tarea de avanzar tras el tic tac
de nada sirve, comprendemos, desesperarse,
sino, más bien, recordarla debemos igual.
Quien quiera que llore, o que le sonría
quien necesite gritar que lo haga, 
para todo esto hoy es buen día,
pues el dolor no hay quien lo deshaga. 






jueves, 6 de diciembre de 2012

Amor Insano

No sé dónde están el bien y el mal,
he perdido el rumbo, he perdido la conciencia.
He perdido hasta la dignidad.
Me hallo entre los pliegues de tu cuerpo
entre los dedos largos de tus manos.
Me tienes atrapada, no puedo escapar.
Quiero huir y olvidar todo aquello que prometí,
quiero dejar de ser fiel a lo que juré por ti.
Mas remordimientos aún me quedan
y éstos no cesan de su acecho,
pese a este amor que desvanecido
se ha de mi pecho.
Cada intento de alejarte se vuelve más inútil
confundes mis ideas, se merma mi frialdad,
no puedo escapar de tu amor fútil.
Si algún día fui hielo, me derrito hoy
en tu piel, en tu amenazante fuego.
Aléjame de ti, aléjate tú sin hablar,
no llores, pues me quiero escapar.
Persiguiendo hasta mis sueños,
eres Lucifer,
rompiendo a pedazos cada rincón
de mi ser.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Una canción de amor.

Eres como esa canción de amor que escucho de vez en cuando con la que no me identifico, pero que sin embargo me gusta. Está ahí para enamorarme, pero sin ser mía, para hablar sin decirme nada, para sonar en mi reproductor con el volumen bajo, como con miedo a ser oída, a que alguien sepa que me cantas.
No explotas sobre las teclas de un piano, o de un saxofón; no rompes contra las cuerdas de una guitarra, o de un violín; ni resquebrajas el sonido arremetiendo contra los platos de una batería. Eres esa suave melodía que oigo de fondo, que me hace cerrar los ojos y no pensar en mi.


martes, 4 de diciembre de 2012

Aquel lugar que no quisimos recordar.



Solía creer, durante el tiempo de mi felicidad insólita, que aquello duraba para siempre, y que esos eran la clase de recuerdos que nunca iba a querer olvidar, los que contigo construía. Pensé que caminar sobre la arena o sobre las piedras no importaba mientras fuéramos de la mano, y que más tarde las heridas de mis pies no me dolerían, porque el amor las habría amortizado. Falso. Inocente de mi, me hice a la idea de que aquel lugar siempre me gustaría, ahí donde nos solíamos encontrar, que jamás guardaría rencor a nuestra canción, que nunca iba a apretar los dientes al oír tu nombre, por muy lejos que estuvieras algún día de mi vida. Falso. El amor es un flujo permanente de dolor y de alegría; es una noria, ahora estás arriba, pero dentro de un rato terminarás por descender de nuevo, rápido, temblorosa, con el viento arremetiendo contra tu piel. ¿y qué? No importa, para ello está la vida, esa lucha perenne de bueno y malo, ese enfrentamiento de contrarios, ese pedalear constantemente para encontrar una salida. Bien, pues para durante unos minutos aquí, dejando de pedalear, y fíjate un instante en lo que hay a tu alrededor. Y a mi alrededor hay, contiguamente, pasado, presente, y futuro. Futuro esperanzador, futuro que atormenta, que me empuja a seguir con ansias adelante, y que a veces me frena. Presente, ríe, llora, ama, sufre, disfruta; están pasando los minutos y no te das cuenta de que estás madurando, cual fruta a punto de caer de un árbol. Pasado... Aquel lugar que no quisimos recordar, en mi mente, ese rostro que en mi cabeza, ahora inerte, lucha por hacerme reír. Mientras tu te alejas yo grito "¡No te vayas!" pero es tarde para amar y esta noche nos separa.Te vas sin volver sobre tu espalda, y no me queda nada.



De nuevo el frío en mi cama, lucha codo a codo con mi calma, para vencer este desvelo que me atormenta y me aclama. Logro vencer en esta batalla, mas mi alma ya no calla, porque sabe que el pasado es una llave que abre cualquier herida, que enlaza una cicatriz con otra y acaba por romperme la vida.


No puedo, arráncame de mi cuerpo, es de nuevo ese lugar que no quisimos recordar. Es mi miedo quien se cuela por mi ventana, y aquí, en la intimidad de mi cama, la que comparte conmigo cada mañana, me amenaza con transportarme hasta ti, hasta donde pueda verte. Me arrastra como la marea arrastra los restos de un naufragio, y me lleva hasta el inmenso mundo de felicidad que es tu habitación, donde duermes, donde tú si puedes respirar. Donde a tu lado alguien arropa tu cuerpo, bajo una manta que os resguarda a ambos del frío, alguien que curó tu corazón muerto.






Se que perdí; se qué perdí.

lunes, 24 de septiembre de 2012

"My eternal Beloved"

Podáis entenderme, o no, ese amor fue creado para nosotros. Se escondía tras el vaho de los cristales, bajo los puentes agrietados en caminos de piedras, en casetas abandonadas en medio de un bosque lejano. Caminase a donde caminase, me perseguía, por más que intentaba huir de ello. Algunos me llamaban estúpida, otros me llamaban valiente, por escapar de un destino al que llamábamos "ni contigo, ni sin ti". Y era, aunque no podáis imaginarlo, exactamente eso; "ni con él, ni sin él" con él porque me mataban los celos, del aire, de las miradas ajenas, de los kilómetros, de sus noches en vela después de haberme ido yo a dormir... y sin él porque moría, moría de soledad, de tristeza, de necesidad de sus caricias, de ansias de tenerle, hambre de sus besos...
Era, exactamente un "ni contigo, ni sin ti" al que no encontrábamos remedio, un "ni contigo, ni sin ti" del que me cansé demasiado pronto, o demasiado tarde, ya no lo se.
Busqué su aroma en otro cuerpo, imaginé que eran suyas las caricias que venían de otras manos, puse fecha a un día en el que, pensando que él estaba entre mis labios, había otro que jamás debería haberlos deseado. Cerraba los ojos, atrapada entre dos piernas que no conocían tan bien mi silueta, como aquellas que mis muslos apretaban en la lejanía, sin poder si quiera rozarlos. Enredaba sus dedos en mi pelo, y yo, por un rato, dejé volar mi aliento creador, mi yo imaginativo, y lo traje de vuelta conmigo, en un cuerpo que no se asemejaba para nada a la perfección de este por el que escribo. Me enzarcé en una batalla campal de lengua contra lengua, de labios presionando otros labios, flujos salivales bailando en nuestras bocas. Su mano se apresuró a bajar por mi cintura, metiéndose entre mis piernas, y qué dulce gloria en el éxtasis de mi memoria, mientras pensaba que no era él, sino la razón de mi existencia, quien tocaba con arte una parte de mi cuerpo que era solo suya, y de más nadie. 
Mas después de las equivocaciones se pagan las consecuencias, y yo tuve que abrir los ojos. Maldita la hora en la que vieron la luz mis párpados, maldito el momento en el que quise llorar por hallar mi cuerpo atrapado en un placer que no tenía razón de ser, por no ser él quien me lo otorgaba. 
Olvidando el capítulo, salté de aquella fría cama, que por fría que fuera, era la mía, y corrí en su búsqueda, mirando a lado y lado de mi habitación, pensando que quizá lo había visto. En un segundo se me paró el corazón, le sentí cerca, oí su respiración. Un hecho fantasmal, un aire de otro color, un olor, una brisa... Una lágrima que caía al suelo desde ninguna parte. Y una daga en ese instante, atravesando mi contrito corazón frente a alguien que, en mi cama, me miraba con orgullo de varón. 
Distancia, me pedía el cuerpo, acercamiento mi razón, y durante cinco días y cuatro noches, las que siguieron a aquella, en un vaivén de sensaciones no supe lo que era mejor. Pero llego el momento, el que tanto ansiaba por una parte, y por otra me colmaba de amargura. Había encontrado sus caricias, pero en mi más plena locura, y atándome de nuevo a la cordura le miré, aquella última noche de nuestro último beso en los labios, y susurré "quizá estaríamos mejor siendo amigos". Y aquello puso fin a mi aberración, aquello tatuó en mi pecho el nombre de mi único amor, mientras, caminando de vuelta a mi oscura habitación, pensaba en su piel y susurraba "my eternal beloved".

sábado, 25 de agosto de 2012

No estuviste entre mis brazos,
no pude besar tus labios.
No corrimos esa suerte de varios
no tuvimos oportunidad de amarnos.
El miedo pudo con tus ganas locas
sufrir conmigo como hiciste con otras,
no te imploré, no te rogué, no te lo pedí
como dijiste que hicieron otras, te oí.
Quise respetar tu deseo de salvarte
quise... sin acariciar tu cuerpo, amarte.
En silencio, en secreto, en la mejor penumbra
que seas algún día la luz que hoy no alumbra,
tenme en tus manos, toma de mi cuerpo
esto es todo lo que desesperada ofrezco.
Sinceramente, sabiendo que lo digo en vano,
quisiera que venciéramos juntos lo malo
contar contigo, que cuentes conmigo
sin condiciones, tal como te lo digo.
Mas tú temes de nuevo agrietar tu corazón
y dejas a su suerte, el amor, en poder de la razón.

domingo, 19 de agosto de 2012

Te hacías la dormida


Entré despacio, de puntillas, todo lo sigilosamente de lo que fui capaz, para no despertarte. Ya sabía que te hacías la dormida, nos gustaba fingir que te escondías bajo las sábanas y me asustabas al percatarte de  que estaba a tu lado.  Reíste como si no hubiera mañana, porque para ti nada más importaba, a tus tres años. Entonces me abrazaste y nos dimos infinidad de besos, mientras te hacía cosquillas tumbada en mi cama. Quién iba a decirme que aquellos últimos días de verano se llevarían con las risas y los abrazos tu cuerpo menudito, y su importancia incalculable en mi vida. Como de la noche a la mañana desaparecía una tableta de chocolate en esa casa; así desapareciste tú, dejando a tu marcha innumerables enfados, decepciones y dolor, mucho dolor. No sabes lo que significaba despertarse a las nueve de la mañana, y no a las siete y media con tus gritos, con tus travesuras, tu cariño, tu infancia…  Poder estudiar con los apuntes sobre la mesa sin que tú los rayaras con un rotulador tras haber discutido a grito pelado por hacerte con él.
Me levantó la abuela, puesto que yo había apagado las alarmas del despertador y seguía durmiendo. Hacía calor, siempre lo hacía en esa casa, aunque era otoño. ¡Ya era otoño, Luna!  La calle estaba cubierta por montones de hojas marrones, rojas y amarillas, esas que tanto nos gustaba pisar y sentir el “crash, crash” al romperlas bajo nuestros pies. Bostecé desperezándome, estirando los brazos, al tiempo que arqueaba la columna. Había ropa tendida al lado de la ventana, la cual estaba empañada por el vaho matutino. Todo estaba en silencio, pero me negué a creerlo. Busqué tus ojitos adormecidos en todos los rincones, esas dos diminutas lucecitas que iluminaban mi despertar. Agucé el oído, tratando de escuchar una disputa a la hora del desayuno, pues raro era el día que no hacías enfadar a tu madre rechazando la taza de leche con sus correspondientes cereales. Yo sabía que lo único que te gustaba de las bolitas con miel era el anuncio con las abejas bailando y moviendo sus alas al ritmo de la música, “mielpops es ñam ñam ñam…”,  pero eras solo una niña, a todos nos encantaba malcriarte…
 Sonrío de lado, con cierta amargura hacia esos recuerdos, haciendo una caricatura de la nostalgia, de un resquicio del dolor que mi orgullo no me ha permitido mostrar abiertamente.  Mamá, es decir, tu abuela, me hablaba en lo que parecía un murmuro o una marcha fúnebre; su voz también se había apagado al perderte. La miré mientras tendía la ropa al lado de la ventana, donde en el lugar de una cama, ahora había un tendedero; cambios que habíamos hecho para adecuar la habitación en la que antes éramos cuatro, nosotras tres y tu madre, a un espacio que ahora se volvía inmenso al quedar solo dos… Me levanté para desayunar, con las mismas ganas que se habían establecido en mí desde tu partida: ganas nulas. El café, las madalenas, ir a la ducha y estudiar, recoger la habitación y… No, ya no tenía que ir a esperarte en la puerta de tu clase a las doce del medio día con el paraguas en la mano, porque llovía. O quizá era un espejismo, una emergencia de mi subconsciente, que alertaba sobre mi estado anímico a fin de que decidiera ponerle remedio a la constante nube negra que llovía sobre mi cabeza incluso en los días más soleados.
 Pasó un mes, y después otro, y otro más, y ni la soledad de aquella casa ni el frío de mi habitación se llenaban con una de tus risas infantiles. Tuvimos que hacernos a la idea de que no ibas a volver, aunque siguieras diciendo que aquel era tu hogar, que nosotros éramos tu familia; y cuánta razón tenías, pequeña, pero nadie te oía, o nadie quería oírte. 
Era una de esas mañanas en que la abuela y yo veníamos de hacer cosas, a eso de las doce y media del medio día, cargadas de carpetas y papeles que acabábamos de imprimir, más de las tantas historias que ella escribía para ti. Nos paramos ante el semáforo en rojo, viendo a los niños correr hasta el cruce, seguidos de sus madres, que habitualmente se quedaban a charrar en la puerta del colegio. Pensé rápidamente:
-          Vamos a ver a Luna
La abuela me miró pensativa, indecisa.
-          Ahora está en el comedor –frunció el ceño levemente – no podemos verla.
-          Todavía no han ido a comer, lo harán dentro de media hora. – avancé hacia la calle, puesto que el semáforo estaba en verde – debe de estar en el patio aún.
-          Entonces vamos.
Decididas a verte, nos agachamos frente a la puerta de tu recreo. Agarradas a los barrotes gritamos tu nombre, y tu acudiste con los brazos abiertos, ansiosa por abrazarnos. Tu euforia se desvaneció repentinamente al verse frustrado tu intento por colar los brazos entre los huecos de la verja a causa del grosor de tu abrigo y las varias capas de ropa que llevabas debajo, todas ellas sucias de tierra. Tenías la nariz llena de mocos y tu labio inferior estaba rodeado de heridas que lamías para tratar de aliviar el escozor. Se me hizo un nudo en el estómago de solo pensar que si quería verte de vez en cuando, ese era el precio a pagar: verte sucia, desnutrida, aburrida y sola en el patio del recreo, tras la valla que nos separaba como si fuera una película, como si fueras el niño con el pijama de rallas.
Después de ese día intentamos contactar con tu madre para que nos dejara verte, pero no daba su brazo a torcer. Tras las innumerables discusiones, tras muchas maneras distintas de pedirle que nos concediera la oportunidad de estar contigo, ella no escuchaba nuestras peticiones. La abuela se cansó, Luna, y decidió hacer las cosas por las malas. Rebajarse al nivel de quien te hace daño no es el modo más adecuado de actuar, pero nosotros te necesitábamos, era éste un sentimiento recíproco que se veía reprimido por el orgullo de quienes tenían potestad sobre ti.  La palabra “juicio” pareció calmar la soberbia con la que mi hermana actuaba, así que un sábado por la mañana a las diez, mientras yo dormía, te subiste sobre mí gritando:
-          ¡Tieta, despierta, estoy aquí!
Hace ya meses que no he vuelto a verte, desde aquel día, salvando algunos minutos que me han concedido tus padres para darte un abrazo. Se acerca el buen tiempo, y en esta primavera anticipada, las tardes en el parque padre Querbes mojando los pies en los riachuelos que corren entre las dunas de hierba, no van a ser protagonistas de nuestras historias. Llegará el verano y te irás de vacaciones, como siempre te mantendrán alejada de nosotros, hasta que consigas olvidarnos por completo, lo cual parece imposible, por ahora. Echarte de menos irá convirtiéndose paulatinamente en un estado de ánimo corriente, algo tan cotidiano como respirar.
Estoy hablando de ti, y una lágrima tímida resbala por mi mejilla. Hasta esto me hace recordarte, el hecho de que no estés ahora a mi lado secando mi cara mojada, mirándome con gesto inocente, dolida, como si sintieras mi pesar. Que tu voz no susurre a mi oído “No yoyes, tieta” con tu pobre intento de vocalizar bien, y ese catalán tan gracioso con el que solías hablar de vez en cuando. Claro que si tú estuvieras aquí, esto que escribo carecería de sentido; tanto, que ni siquiera lo diría. Aún ahora, más cerca de mis dieciocho que de los diecisiete, más madura que nunca tras tantas lecciones aprendidas en tan breve lapso de tiempo, después de cinco meses conviviendo con tu notoria ausencia, sigo sin creer que te hayas ido para no volver, que mis manos no envuelvan las tuyas, o que tus dedos no se apoyen ya sobre los míos enseñando la manera en la que te he pintado las uñas. Es cierto que todos hemos conseguido aparentemente correr un tupido velo sobre este dolor tan profundo que es extrañarte, que sonreímos como si no hubiera pasado nunca nada, incluso fingiendo que nunca exististe, aunque algunas de tus permanencias siguen aún en mi habitación. Pero lo que nunca será cierto, Luna, es que no te quisimos, pues de la vida hiciste en sí un hermoso milagro cuando tu llegada unió de nuevo a una familia que ahora se disgrega, como si tal cosa nunca hubiera sido.  Ahora, sin ti, solo queda este silencio, tras esta novena sinfonía de Beethoven que ahora ya no entonas tú, sino la radio.